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[02 - 04 - 08]
Habiendo luego de un infernal festín de carnes de cerdo, ciervo,
liebre y carnero y aún con el aliento alicorado por el jägermeister
de la orgía de sobremesa, el joven instructor de las jüngends
tambaleándose se dirige a sus aposentos. Ni siquiera las risotadas y
el perfume rancio de las putas húngaras de las habitaciones
contiguas logran desandar su camino, que aunque sinuoso, lo lleva
sin escalas hacia su justo descanso de la jornada. Un portazo y por
fin su cubículo, hediento en colillas de cigarrillo y grasa de fusil
que lo aislan de la decadencia, el bacanal y los zumbidos de los
proyectiles cada vez más cercanos.
El cuarto es diminuto y sin ventilación,
iluminado tan solo por una lámpara de querosén maltrecha que con su
pésima combustión torna aún más enrarecido el aire de la habitación.
Hacia un costado y entreabierto, yace un baúl de cuero finamente
adornado con el nombre de quien sabe que señorito austríaco. Dentro
de él amontonadas, están todas las condecoraciones y trofeos
esperando a ser entregados, quizas algún día, para honrar la gloria
de las proezas deportivas de una juventud destinada a gozar de un
imperio que durará mil años.
El instructor apenas si llega a
desajustarse el cuello de la camisa y se desploma en su duro
camastro. La fiebre le exprime hasta la última gota de sudor. Se
duerme, se retuerce, se despierta y balbucea. La noche transcurre
como si fuese eterna, en una ensoñación desesperante y recurrente
que lo inquieta y mortifica en una seguidilla de asuntos
irrelevantes que lo perturban.
De repente una brisa lo refresca y el
cuerpo leve no experimenta dolor. Una fuerza voluptuosa lo impulsa a
incorporarse de repente. Mira hacia la puerta y ahi está.
Atractiva siempre adicta y sensual,
me tuviste inconsciente en tu ritual.
Siete vueltas a tu cama en la oscuridad.
Inútil es no escuches más,
en tu puerta te está esperando.
Con tu luger la furia es una,
es una ofrenda a tu rivalidad.
Magia negra y tu hedonismo me dan,
una atracción que no puedo controlar,
oigo voces que me dictan una señal.
Suena la alarma antibombardeos, el estrépito de una
estampida retumba en el pasillo. El cuerpo ahora pesa y las
extremidades tiezas se resisten al movimiento. No hay tiempo que
perder el enemigo está a un tiro de mortero.
CONTINUARA...
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